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Una conversación con Daniela Abad sobre el sonriente Lombana

Este 17 de enero se estrena en los cines colombianos ‘The smiling Lombana’, el largometraje documental de la directora Daniela Abad y el productor Miguel Salazar. Tiene como protagonista al artista cartagenero Tito Lombana y busca generar conversación sobre los temas prohibidos, incómodos… sobre los secretos de familia.
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Aunque el género es el de película documental, The smiling Lombana, el segundo largometraje de Daniela Abad, tiene mucho de suspenso y thriller policíaco y requirió de un intenso trabajo de convencimiento con los “testigos”, de entrevistas a abogados internacionales y de una profunda investigación con los medios de comunicación y hasta con las autoridades de los Estados Unidos.

¿Pero quién es Tito Lombana el hombre que captó de tal forma la atención de Daniela Abad para hacerlo protagonista de su segundo trabajo cinematográfico como directora? Es su abuelo, el abuelo materno de Daniela Abad Lombana, la joven cineasta que en el 2015 ya nos había contado la historia de su abuelo paterno, en la cinta Carta a una sombra, inspirada en el libro El olvido que seremos, escrito por su padre Héctor Abad Faciolince.  

Los dos personajes no pudieron ser más diferentes entre sí, mientras Héctor Abad Gómez, fue un pionero en el campo de la salud pública y un vehemente defensor de los derechos humanos, que fue asesinado a sangre fría por un sicario en las calles de Medellín en 1987, Tito Lombana fue un escultor autodidacta que alcanzó reconocimiento internacional, pero que prefirió la “cultura del atajo” para lograr sus objetivos económicos. 

Así lo describe el productor Miguel Salazar:
“Fue un artista que con tan solo 18 años ganó el Salón Nacional de Artistas, migró a España a estudiar arte y allí conoció a una italiana de la burguesía florentina quien le mostró el mármol de carrara, el amor por la buena vida, la estética y la belleza. Se casaron y tuvieron dos hijas con las que regresaron a Colombia, pero en lugar de seguir su ascendente carrera Tito se desvió del camino, generando una ruptura con su familia y unas heridas tan profundas y difíciles de sanar, pero más comunes de lo que se cree en muchas familias colombianas”.
Al observar las dos películas sobre sus abuelos, se podría decir que de alguna manera Héctor Abad, quien murió cuando ella solo tenía un año y Tito Lombana, a quien vio una sola vez a la edad de 11 años, son las dos caras de una misma moneda que bien podría representar a la sociedad colombiana.
“Tito y Héctor nunca se conocieron, me habría encantado asistir a ese encuentro. Me gusta venir de estos dos hombres: de un hombre de la palabra como era Héctor y de uno de la imagen como era Tito. Me gusta tener contradicciones entre mis dos familias, eso seguro ha producido contradicciones en mí y eso es bueno, las contradicciones generan preguntas. La herencia de estos dos hombres me enseñó además a no juzgar a quien tengo de frente, a observar y preguntarme, pero jamás a juzgarlo desde la superioridad que puede dar venir de un mundo sin contradicciones aparentes, de un mundo sin manchas, cristalino”.
Daniela Abad (Foto de Carlos Tobón)
¿No le temió al “que dirán” al mostrar con tal honestidad a un ser humano con demasiados matices morales? ¿fue un arranque de valentía?
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Más que valiente creo que soy honesta, me gusta decirle a la gente lo que pienso, bueno o malo, la honestidad en muchos casos me parece un acto generoso hacia el otro y hacia uno. Te da la posibilidad de revaluar lo que piensas y es la única manera de que los otros te muestren quienes son. Por eso me gusta contar mis secretos, pues solo así el otro me dirá los suyos y juntos entenderemos que al final no son tan importantes, que lo que importa es la discusión, el diálogo, la confrontación.

Una buena conversación es de alguna manera una confesión, tiene que ser verdadera y en ese sentido, valiente. Una mala conversación, una conversación en la que no se avanza, es en la que el otro o yo, no decimos la verdad. Por eso son tan aburridas las conversaciones que siguen las reglas, por eso nos aburre una conversación de ascensor. Tal vez, si cuando le decimos al otro “buenos días ¿cómo está?” el otro nos contestara “estoy muy mal” entonces de repente ese acto cotidiano se volvería extraordinario. El cine es eso para mí, una buena conversación.

¿No es The smiling Lombana una bofetada a las decenas de familias que en lugar de reconocer un pasado familiar en el que, vale aclarar, no tuvieron injerencia prefieren tratar de ocultarlo o por lo menos desconocerlo?
De alguna manera sí. Contar lo que nos avergüenza creo que es bueno para todos. En este caso pensé que contando lo que le avergonzaba a mi familia, podría alivianar el peso de muchas familias más y generar un diálogo que considero fundamental. Más que juzgar a las personas que esconden sus “manchas”, quería que ellas también lograran contarlas y así poder tener una discusión que considero necesita Colombia desde hace muchos años.

En muchas esferas de la sociedad se engañan creyendo que han sido víctimas, pero no aceptan que han sido también victimarios. Todos somos culpables de que Colombia sea el país que es y por lo tanto tenemos también la responsabilidad de hacerlo un país mejor. Eso puede sonar a reina de belleza, pero de verdad creo, cada vez más, en esta responsabilidad. No vamos a cambiar el mundo, pero sí podemos por lo menos mirarnos al espejo y dejar de culpar siempre al otro y ver qué de ese otro ser hay en mí. Tampoco se trata de buenos o malos, se trata de humanizar lo que toda la vida hemos satanizado.

¿Quién era para usted Tito Lombana antes de The smiling Lombana y quién es ahora en su vida? ¿de estar aún con vida que le gustaría preguntarle?
Antes Tito Lombana era un ser absolutamente desconocido, un abuelo oculto, alguien del que mi familia se avergonzaba, alguien que había hecho algo grave y había producido mucho dolor, una fractura insanable, alguien al que de alguna manera de niña yo le tenía miedo. Después de la película sigo sin saber quien es Tito, es indescifrable, camaleónico, excéntrico, absolutamente seductor.

Lo maravilloso de Tito es que me cae bien y mal, a veces lo quiero, a veces estoy en total desacuerdo con él, sin embargo es un hombre con el que me hubiera gustado conversar durante horas, oír sus historias, saber su versión de las cosas, de lo que pasó en EEUU, su versión de un país como Colombia. Me tomaría con él muchos tragos y le preguntaría tal vez cosas básicas de la vida: el amor, la familia, los amigos, el trabajo. Sé que me contestaría algo inesperado, algo excéntrico o exagerado o algo muy impertinente, no muy bien visto socialmente, algo “incorrecto”.

Las otras dos protagonistas de la historia son su abuela Laura, esposa de Tito, y su madre ¿qué opinan ellas del documental?
A ellas la película no les gustó. No creo que quieran volverla a ver, ni en cines. Les ofendieron algunas cosas, les dolieron otras, para ellas creo es muy difícil revivir todo lo que pasó. A mi abuela, por ejemplo, le parece que muchas cosas que dicen los hermanos de Tito no son verdad.

Es difícil, todo el mundo cree que los documentales cuentan la verdad, pero eso no es así, cuentan una verdad, una versión de las cosas y cuando tú tienes tu propia versión, jamás estarás de acuerdo con la de los otros. La verdad de mi abuela no es la verdad de los hermanos de Tito y esa inconsistencia a ella le molesta mucho. Pero yo tampoco buscaba la verdad, buscaba oír versiones sobre la historia de mi abuelo, mostrarlas en esta película y sacar mis propias conclusiones, que tampoco son la verdad, sino una opinión sobre lo que sucedió.

En la película hay algo claro y es que usted no juzga a Tito pero lo muestra con todos sus defectos y virtudes
Me parece importante que dejemos de ver a nuestros padres, abuelos o familiares como seres intachables, es importante ser capaz de cuestionar a nuestros seres queridos, humanizarlos, amarlos desde sus defectos y no desde su perfección absoluta. Eso es además liberador, si nuestros padres dejan de ser héroes, nosotros también dejaremos de exigirnos serlo, no tendremos que estar a la altura de nadie.

¿Cómo es hoy su relación con los Lombana, cómo fue la reacción de los hermanos de Tito cuando supieron del documental?
Mi familia Lombana es muy pequeña, solo somos mi tía y su esposo, mi mamá, mi abuela, mi hermano y yo. A los otros Lombana, a los hermanos de Tito yo nunca los conocí hasta ahora. Eran personas de las que Tito se había alejado para siempre. Volví a encontrarlos gracias a las redes sociales. Todos querían saber de mi abuela, de mi mamá y mi tía, querían saber de mí y fueron muy generosos recordando la historia de Tito, su infancia, su adolescencia, su triunfo como artista y su posterior desaparición. Mi relación con todos ellos es muy buena.

¿Cuál cree que será el aporte de su película a un país en el que la corrupción, la ambición y el “todo se vale” se volvieron parte de la cotidianidad?
Mi esperanza es que la película genere un diálogo sobre todos estos temas de los que no hablamos. Que nos haga conscientes de que en nuestra sociedad está radicada cierta estética, de cómo todos terminamos, muchas veces sin incluso darnos cuenta, inmersos en ese mundo, en esas costumbres. Me interesa mostrar en la película que muchos de nuestros referentes estéticos por ejemplo, son referentes que vienen de la violencia, que las personas más violentas de nuestro país han generado además modas y que esas modas las conservamos todos, sin pensar en lo que significan.

¿Qué más violento que un carro enorme y polarizado? ¿Quién trajo esa moda al país? ¿Quiénes tienen esos carros? Muchos que se consideran “gente de bien” los tienen, eso no quiere decir que sean personas despreciables, quiere decir que ellos tampoco se salvaron de la violencia.
La estética de la violencia es tal vez una de las reflexiones que más me interesa generar con la película, también porque Tito era escultor y un esteta absoluto y porque la estética es algo que se considera generalmente muy light, muy superficial, que pasa desapercibida, pero que en realidad está todo el tiempo hablando de nuestra ética. Hablar de la ética a través de la estética me parecía potente.  

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