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Rescate en Entebbe

¿Alguna vez te has sentido en peligro dentro de un avión? Sí quieres saber cómo fué uno de los rescates.
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Rescate-en-Entebbe

GÉNERO: Crimen, Drama, Thriller
TÍTULO LOCAL Rescate en Entebbe 
TÍTULO ORIGINAL 7 Days In Entebbe
FECHA DE ESTRENO 12 de Abril 2018
DIRECTOR José Padilha
PRODUCIDA POR Tim Bevan, Eric Fellner, Ron Halpern, Kate Solomon, Michelle Wright
PRODUCTORES EJECUTIVOS Jo Burn,Liza Chasin,Olivier Courson,Jonathan King.
REPARTO Rosamund Pike,Daniel Brühl,Eddie Marsan
CLASIFICACIÓN Pendiente
PAÍS/PAISES UK | USA
IDIOMA ORIGINAL Inglés
DURACIÓN 1h 47min

SINOPSIS:
Cuando cuatro secuestradores toman un avión de Air France que se dirige desde Tel Aviv hasta París el 27 de junio de 1976, los 248 pasajeros a bordo no son conscientes del suplicio desgarrador que los espera. Forzados a entregar sus pasaportes a punta de pistola, los aterrorizados rehenes cumplen con las exigencias de sus captores mientras intentar ocultar su identidad con discreción.

Dos de los secuestradores son miembros palestinos de la organización radical Frente Popular para la Liberación de Palestina, Maniobras Externas, mientras que los otros dos, Wilfried Böse (Daniel Brühl) y Brigitte Kuhlmann (Rosamund Pike), son alemanes de izquierda radical que simpatizan con la causa palestina.

Al mismo tiempo, en Jerusalén, el primer ministro Yitzhak Rabin (Lior Ashkenazi) se entera del secuestro durante una reunión tensa sobre el exorbitante presupuesto militar del país. Disolviendo rápidamente la reunión de gabinete, él y el ministro de defensa, Shimon Peres (Eddie Marsan), debaten sobre cuál debería ser la respuesta de Israel. Peres insta a Rabin a que no negocie con los secuestradores, quienes exigen 5 millones de dólares y la liberación de más de 50 militantes propalestinos que están detenidos en todo el mundo. En cambio, sugiere una solución militar encubierta.

El avión secuestrado es desviado al aeropuerto de Entebbe, en Uganda, donde es abordado por el famoso dictador Idi Amin (Nonso Anozie). Cautivos en un hall abandonado bajo la mirada atenta de otros secuestradores armados, los pasajeros son finalmente divididos por nacionalidad y los israelíes son puestos en otra sala.

Bajo la presión creciente de las familias de las víctimas y con la amenaza de que se iba a derramar sangre en masa si no se cumplían las exigencias de los secuestradores, Rabin autoriza una misión de rescate audaz. Bautizada “Operación Rayo”, el osado plan requiere una sincronización perfecta, el elemento sorpresa y la colaboración de un país vecino. 

A medida que se avecina el plazo y se incrementa la tensión, comandos de élite israelíes corren hacia Entebbe en un intento audaz y sin precedentes de liberar a los rehenes antes de que sea demasiado tarde.


NOTAS DE PRODUCCIÓN

DECLARACIÓN DE JOSÉ PADILHA, DIRECTOR, RESCATE EN ENTEBBE
A pesar de su aclamado éxito militar, el ataque a Entebbe tuvo muchas consecuencias involuntarias, algunas de las cuales revisten gran importancia histórica. Por ejemplo, Benjamin Netanyahu declaró que ingresó en el servicio público por su hermano, Yoni Netanyahu (el comandante de las fuerzas de élite de la operación), quien fue asesinado durante la incursión. Creo que el simbolismo de la muerte heroica de Yoni y de la operación misma desempeñó un papel fundamental en la definición de la carrera política y la política de Netanyahu. No es una coincidencia (en absoluto) que la mayoría de los documentos y de las películas sobre Entebbe narren una hazaña militar.

Mi film, Siete días en Entebbe, cuenta dos historias paralelas sobre el ataque: por un lado, vemos la saga de los rehenes y los terroristas, y cómo evolucionaron la interacción entre ellos y su estado mental a medida que pasaron los días; por el otro, vemos el debate interno que produjo el secuestro en el gobierno israelí y los puntos de vista opuestos que tienen el ministro de defensa Simon Peres, que estaba en contra de las negociaciones por defecto, y el primer ministro Yitzhak Rabin, que contempló las negociaciones como una alternativa fundamental.

La primera corriente narrativa, la saga de los secuestradores, me interesa porque la investigación reciente sobre Entebbe contradice la manera habitual en que se describió a los secuestradores. Tomemos, por ejemplo, la siguiente declaración del experto británico Saul David de su reciente libro Operation Thunderbolt: “De pronto, los cuatro terroristas de guardia atravesaron la puerta y salieron en tropel hacia atrás. Iban liderados por Wilfried Böse, que sostenía una metralleta en una mano y una granada en la otra. Desde la parte de atrás de la sala, Ilan Hartuv podía ver que Böse apuntaba a los rehenes que estaban en el suelo, muchos de los cuales sollozaban, y estaba convencido de que iba a disparar. También estaba Michel Bacos, a quien Böse le había dicho lo siguiente un día antes o dos: ‘Si cualquier ejército de cualquier país viene a salvarlos, tengan la total seguridad de que lo oiremos primero y, antes de que llegue a ustedes, los mataremos a todos’. Bacos estaba seguro de que Böse concretaría su amenaza. Sin duda, el alemán tuvo la oportunidad de hacerlo, al igual que otros terroristas. Sin embargo, en vez de apretar el gatillo, Böse hizo un movimiento brusco con la cabeza hacia la parte de atrás de la sala y les dijo a los rehenes que estaban cerca de él que se ‘batieran en retirada’ y se cubrieran”.

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El relato del profesor Saul, repetido por separado por otros rehenes (incluso Jacques Lemoine, el ingeniero de vuelo del vuelo 139 de Air France) implica dos cosas: 

1) Después de pasar tiempo con los rehenes, por lo menos, uno de los secuestradores comenzó a reflexionar críticamente sobre sus propias acciones. 
2) la operación llevada a cabo es un éxito militar, en parte, porque los secuestradores, influidos por Böse, no priorizaron el asesinato de los rehenes cuando se dieron cuenta de que los israelíes estaban viniendo.

Leer esto en el libro del profesor Saul me llevó a pensar en los secuestradores, sus distintas motivaciones y cómo los rehenes lograron que algunos se cuestionaran las premisas de lo que estaban haciendo. ¿Podría decirse que, por lo menos en parte, el éxito militar logrado en Entebbe se debió a los mismísimos rehenes? Para mí, era interesante explorar eso. La construcción de algunos de nuestros personajes, en particular el de Böse, Brigitte Jabber y Lemoine, pretendía estimular el debate en torno a esos interrogantes.

La segunda corriente narrativa de la película se relaciona directamente con una de las cuestiones más cruciales de tanto los líderes políticos palestinos como los israelíes: las implicaciones políticas de la negociación. Y en efecto, lo que sucedió en Tel Aviv y Jerusalén a medida que se desarrolló la crisis ilustra este punto a la perfección. Si uno analiza la manera en que Peres y Rabin manejaron el secuestro, ya sea leyendo las transcripciones de las reuniones de gabinete o hablando con los que estuvieron allí (como Amos Eiran, el asistente de Rabin), nota que tuvieron que enfrentar dos tipos de problemas. 

En primer lugar, el problema objetivo de cómo salvar la vida de los rehenes. Y tenían que considerar cómo el resultado de este secuestro tan importante afectaría la disposición de otros grupos terroristas a actuar contra los israelíes en el futuro. Sin duda, esos eran problemas de política legítimos, pero, detrás de ellos, había un tercer problema que era meramente político: dado que la mayor parte de la población israelí estaba en contra de las negociaciones en ese momento, Rabin y Peres debían considerar cómo la participación en las negociaciones influiría en sus carreras políticas. Si Simon Peres le daba a Rabin una opción militar defendible y Rabin decidía negociar, eso lo colocaría a Peres en una posición de ventaja política con respecto a su rival. A la inversa, si terminaba negociando por falta de una opción militar viable, la ventaja sería suya. Es interesante señalar que Rabin aprobó la operación aunque tenía serias dudas sobre la posibilidad de éxito. E hizo que Amos Eiran redactara el borrador de una carta de renuncia.

Esos siete días de 1976 arrojaron una luz esclarecedora sobre muchas cuestiones que aún enfrentamos hoy. Eso, junto la calidad de la investigación de Kate Salomon y la escritura de Gregory Burke son los motivos por los cuales acepté la invitación de Tim Bevan para dirigir la película. En efecto, investigar la dimensión política del secuestro me ayudó a comprender un fenómeno más amplio, uno que todavía restringe la mismísima posibilidad de negociación entre Israel y Palestina.
A pesar de décadas de negociaciones, ¿por qué hoy tenemos una situación en la que la posición extremista es el camino seguro, desde el punto de vista político, para ambos lados del conflicto? Me parece que la respuesta es que cada población vive en un estado de miedo constante, estado que es manipulado con facilidad por políticos y líderes religiosos que adquieren importancia haciéndose pasar por los que pueden proteger a su gente del “enemigo”. Es irónico, pero parece cierto: para un soldado israelí que aborda un avión que va camino de un enfrentamiento militar con los palestinos, es el acto supremo de coraje. Pero para un político israelí o palestino, el verdadero coraje estriba en la negociación, hecho que fue confirmado tristemente por el asesinato de Yitzhak Rabin al final de una concentración en apoyo de los Acuerdos de Oslo. En las semanas que condujeron al asesinato de Rabin, ciertos políticos israelíes adoptaron una postura tan abiertamente en contra de las negociaciones que los tres rabinos de la Ribera Occidental sugirieron que sería aceptable asesinar a Rabin.
Por eso, elegí introducir una metáfora en mi película e intercalar momentos clave del film con la interpretación de Batsheva del canto Echad Mi Odea, creado por Ohad Narahin mucho después del ataque a Entebbe (una licencia poética sin duda). No expliqué la metáfora tal como se me ocurrió porque una metáfora explicada pierde su magia. Sin embargo, presten atención a la danza. Los bailarines, vestidos con ropa tradicional, cantan y bailan al ritmo de un canto cantado en Pesaj (Pascua). Sus movimientos aluden a dolor autoinfligido. A medida que avanza la canción, se despojan de su ropa. 

El único bailarín que no lo hace no deja de caerse de la silla una y otra vez.
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